ORGANIZACIONES sociales

   

La soberanía alimentaria: una ética de vida

Irene León

ALAI-AMLATINA, 14/02/07, Quito.- 600 delegados/as, provenientes de los
cinco continentes y representantes de los sectores de la sociedad
interesados por las cuestiones agrícolas y alimentarias concurrirán al
Foro Mundial por la Soberanía Alimentaria "Nyéléni 2007", que se
desarrollará en la aldea de Sélingué, Malí, del 23 al 27 de febrero de
2007. El día anterior, las mujeres participantes efectuarán un evento
propio para debatir sobre el desarrollo de los conocimientos en la
producción alimenticia -especialmente en agricultura y semillas- y la
interrelación entre los derechos de las mujeres y la soberanía
alimentaria. Habrá también, demostraciones prácticas e intercambios de
conocimientos.
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“La soberanía alimentaria es el derecho de los pueblos a definir sus
propias políticas de agricultura y alimentación, a proteger y regular su
producción y el comercio agrícola interior para lograr sus objetivos de
desarrollo sostenible, a decidir en que medida quieren ser autónomos y a
limitar el dumping de productos en sus mercados”.

Este concepto de la soberanía alimentaria, acuñado por la Vía Campesina,
se plantea no sólo como una alternativa para los graves problemas que
afectan a la alimentación mundial y a la agricultura, sino como una
propuesta de futuro sustentada en principios de humanidad, tales como
los de autonomía y autodeterminación de los pueblos. Según la dirigenta
campesina chilena, Francisca Rodríguez, se trata más bien de un
principio, de una ética de vida, de una manera de ver el mundo y
construirlo sobre bases de justicia e igualdad.

Para las mujeres campesinas este concepto es consubstancial a su propia
existencia y definición social, pues su universo ha sido históricamente
construido, en gran parte, en torno al proceso creativo de la producción
alimentaria. Su reto actual, en palabras de Lidia Senra, Secretaria
General del Sindicato Labrego Galego, (en la II Asamblea de Mujeres de
la Vía Campesina, 2006) es hacer que al construir esta propuesta, queden
atrás los prejuicios sexistas y que esta nueva visión del mundo incluya
a las mujeres, las reivindique, y les permita la opción de ser
campesinas en pie de igualdad.

No obstante, la ideología patriarcal es columna vertebral de las
tendencias capitalistas que apuntan a la premisa de que hay que producir
más, lo que equivale a depredar más, y desarrollar tecnologías, como las
resultantes de la biogenética, para maximizar la rentabilidad. Las
lógicas que subyacen en esta visión de la producción para el comercio y
la exportación, son diametralmente opuestas a aquellas que nutren las
propuestas y prácticas de autosustento, desarrolladas a través de los
tiempos por las mujeres; son también la antítesis del concepto de
soberanía alimentaria, pues cuando el mercado decide sobre las políticas
agrícolas y las prácticas alimentarias que resultan de ellas, los
pueblos apenas tienen el papel de consumidores y, en casos, de
empleados, no de tomadores de decisiones.

Desde hace decenios, las organizaciones campesinas y ecologistas han
sustentado y comprobado que la actual producción de alimentos es más que
suficiente para alimentar a todas y todos. Han insistido en que lo que
hay que cambiar son los patrones de producción y consumo de los países
ricos y establecer una distribución igualitaria de los bienes
alimenticios, y aún más, han insistido en la ligazón entre buena
alimentación y salud. Sin embargo, ciertas políticas internacionales
-basadas en las consecuencias y no en las causas- continúan enfocando
problemas y soluciones aisladas, mismo si los costos y esfuerzos para
encaminarlos se multiplicarán entre ellos.

Optar por la soberanía alimentaria implica, entonces, un giro radical de
las políticas productivistas mercantiles actuales, bajo cuyo dominio la
crisis alimentaria y el hambre no cesan de aumentar. Pues en la realidad
es en la pequeña agricultura -área donde se ubican principalmente las
prácticas productivas de las mujeres-, que no solo se registran los
resultados más concluyentes, sino que se generan modos de vida
congruentes con la sostenibilidad y la redistribución. Según Peter
Rosset: “En cada país –donde los datos estén disponibles- se puede
comprobar que las pequeñas fincas son, en cualquier parte, de 200 a
1.000 por ciento más productivas por unidad de área” (1).

Pero, justamente la pequeña producción es la más amenazada por las
políticas liberalizadoras de la Organización Mundial de Comercio (OMC),
pues además del dumping y la competencia desigual entre ésta y el
agronegocio, sus preceptos radican en una visión contraria a la
sostenibilidad alimentaria: el monocultivo intensivo y la
comercialización regida por las reglas del comercio internacional, área
enteramente controlada por el mercado.

Precisamente por eso, la Vía Campesina brega porque la agricultura se
mantenga al margen de la OMC, pues el desarrollo de ésta bajo principios
previsibles implica no sólo el registro de las cantidades de los
productos exportables y de su libre flujo, sino el florecimiento de un
modo de vida acorde con el respeto del medio ambiente y la generación de
culturas, como también de éticas acordes con el mantenimiento y la
renovación de valores humanos fundados en la justicia social y de género.

Si las personas del campo se beneficiaran de condiciones que les
permitan concentrar su energía en el trabajo agrícola, podrían asumir
fácilmente la soberanía alimentaria para las futuras generaciones. Un
ejemplo de ello es el caso de África Subsahariana, una de las regiones
más afectadas por el hambre y la desnutrición en el mundo, donde,
paradójicamente, los recursos naturales disponibles son ampliamente
subutilizados, ya que el continente solo produce el 0.8% de lo que
podría retirar de su potencial agrícola, afirma Devlin Kuyek (2).

Gestoras de soberanía alimentaria y de su propia autonomía

El reto emprendido por la Articulación de Mujeres de la Vía Campesina,
es de gran envergadura, pues la formulación de una perspectiva de género
para la soberanía alimentaria está ineludiblemente asociada a la
vindicación de una de las áreas de producción y conocimientos más
devaluadas socialmente, e incluso asociada al confinamiento de las
mujeres: la producción de alimentos. Para cuyo desarrollo han sido,
contradictoriamente, necesarios siglos de investigación, creación, y
producción de conocimientos que ellas han desarrollado.

La división patriarcal del trabajo ha rescindido el valor de estas
creaciones y más aún ha hecho de ellas un terreno de exclusión, de allí
que para las mujeres el reivindicarla implica una amplia agenda de
reparaciones que aluden directamente a la transformación de las
relaciones de desigualdad entre los géneros en todas las esferas. Así,
sus demandas no se restringen a las dinámicas productivas sino que
abarcan el conjunto de relaciones sociales inherentes, precisamente, a
la soberanía, la autodeterminación y la justicia de género.

Para alimentar a la humanidad, las mujeres han desarrollado complejos
mecanismos de producción, procesamiento, distribución, pero además han
enfrentado las relaciones desiguales que resultan del trabajo doméstico
impago, que prodiga gratuitamente cuidados, resultantes de conocimientos
multidisciplinarios que, aún en condiciones de extrema pobreza, generan
calidad de vida y permiten el funcionamiento societal. Adicionalmente,
las asalariadas invierten prioritariamente sus ingresos en este ámbito,
mientras las otras, desde lo informal, redoblan de ingenio para, a
través de pequeñas iniciativas vinculadas principalmente a la
agricultura, la producción y venta de alimentos o la artesanía, obtener
recursos económicos, por lo general invertidos en el bienestar familiar.
No obstante, hasta el trabajo informal de las mujeres corre peligro de
desaparecer ante la imposición de los capitales transnacionales.

Por eso, la agenda reivindicativa de las mujeres de la Vía Campesina
asocia inextricablemente la justicia de género con el desarrollo de la
propuesta de la soberanía alimentaria, no sólo en consideración del
importante papel que ellas juegan en la materia, sino porque ellas la
conciben como una ética para el desarrollo humano y no como un simple
vehículo para la alimentación.

Al colocar al centro de sus reivindicaciones el derecho humano a la
alimentación, las campesinas abogan por la reorientación de las
políticas alimentarias en función de los intereses de los pueblos, lo
que apela a la refundación de valores colectivos y la revalorización de
cosmovisiones integrales. Para encaminar este propósito, ellas enfatizan
en la reivindicación de la igualdad de género en el conjunto del
planeamiento y toma de decisiones relacionadas con el agro y la
alimentación, lo que incluye su participación en los diseños
estratégicos para la preservación de las semillas y otros conocimientos.

La valoración de los conocimientos de las mujeres en la agricultura, la
alimentación y la gestión de la vida, implica la transformación de los
estereotipos generados por el capitalismo y el patriarcado, para que
ellas puedan, al fin, alcanzar su calidad de sujetos, su ciudadanía a
parte entera y continuar ampliando y aplicando sus conocimientos. Para
lograrlo, como señala el manifiesto sobre soberanía alimentaria de la
Marcha Mundial de las Mujeres (Soberanía alimentaria: tierra, semillas y
alimento, 2006), el “camino es reconocer que la sustentabilidad de la
vida humana, en la cual la alimentación es una parte fundamental, debe
estar en el centro de la economía y de la organización de la sociedad“.

Así, si la soberanía alimentaria es una propuesta para la humanidad,
ésta no puede prescindir de las mujeres como sujetos sociales
integrales, máxime si lo que está en cuestión es la gestión universal de
sus creaciones.


(1) Peter Rosset, En Defensa de las Pequeñas Fincas, en El Dret a la
Terra, Quatre textos sobre la reforma agraria, Agora Nord-Sud,
Catalunya, 2004, pg 131

(2) Devlin Kuyek, Les cultures génétiquement modifiées en Afrique et
leurs conséquences pour les petits agriculteurs, août 2002,
www.grain.org/fr/publications/africa-gmo-2002-fr.cfm